Desde Peña La Pipa
Hay lugares que uno habita y lugares
que, con el paso del tiempo, terminan habitándonos a nosotros.
Nuestro pueblo pertenece a esa
segunda clase. Está asentado en una tierra que parece haber sido escogida con
cuidado, al abrigo de una sierra cuya ladera se viste de pinos y cuya cima
guarda, desde hace muchos siglos, la memoria de quienes nos precedieron.
Allí arriba, dominando el paisaje,
permanece el viejo castro astur. Sus piedras, vencidas por el tiempo pero no
por la memoria, parecen guardar todavía el eco de otras vidas, de otros hombres
y mujeres que contemplaron estas mismas tierras mucho antes de que nosotros
llegáramos. Quizá desde aquellas alturas también ellos sintieron la misma
fascinación ante el horizonte que hoy sentimos nosotros.
Pero hay un lugar en la sierra donde
todo parece adquirir una dimensión diferente: Peña La Pipa.
Llegar hasta allí es, de alguna
manera, alejarse del ruido de las cosas. Poco a poco, mientras se asciende, el
pueblo va quedando abajo y los sonidos cotidianos se hacen más débiles. Los
pinos acompañan el camino con su silencio, apenas interrumpido por el viento
que se desliza entre las ramas. El aire se vuelve más limpio y parece que
también el pensamiento se desprende de aquello que lo preocupa.
Y entonces aparece el paisaje.
Desde Peña La Pipa la mirada puede
perderse en una extensión inmensa de tierras, montes, campos y pueblos. El
horizonte se abre generoso, sin prisas, como si quisiera recordarnos que el
mundo es mucho más grande que nuestras preocupaciones diarias.
Uno permanece allí contemplando.
No hace falta hablar.
Hay paisajes que hablan por
nosotros.
En los días de otoño, además, la
sierra adquiere una belleza especial. La luz es diferente, más suave y
reposada. El sol ya no tiene la fuerza del verano y las tardes parecen
alargarse sobre los campos con una delicadeza casi imperceptible. El aire
fresco anuncia el cambio de estación y los colores de la tierra empiezan a
transformarse.
Los pinos conservan su verdor,
mientras otros árboles comienzan a teñirse de ocres, amarillos y pardos. Todo
parece más tranquilo.
Quizá porque el otoño nos invita
también a mirar de otra manera.
Después de los meses luminosos y
bulliciosos del verano, llega un tiempo para la calma. Para sentarse sin prisa.
Para caminar despacio. Para escuchar el viento. Para contemplar cómo una nube
atraviesa lentamente el cielo o cómo la última luz de la tarde se posa sobre
los campos.
Y es entonces cuando uno comprende
que la belleza de un lugar no está solamente en aquello que puede verse.
Está también en aquello que puede
sentirse.
Está en la tranquilidad que
proporciona saber que esas montañas estaban allí antes que nosotros y seguirán
estando cuando nosotros ya no estemos. Está en las piedras del antiguo castro,
que han visto pasar generaciones enteras. Está en los pinos que cada año
vuelven a recibir la lluvia, el frío y el sol. Está en los caminos que tantas
veces recorrieron nuestros antepasados.
Y está, sobre todo, en esa sensación
difícil de explicar que produce contemplar desde Peña La Pipa la tierra que
sentimos nuestra.
Desde allí arriba, quizá
comprendemos mejor quiénes somos.
Somos parte de un paisaje antiguo.
De una historia que comenzó mucho
antes de nosotros y que, de alguna manera, continuará después. Somos herederos
de aquellas gentes que vivieron en el castro, de quienes trabajaron estas
tierras, de quienes levantaron sus casas, cultivaron sus campos, cuidaron de
sus familias y aprendieron a vivir con lo que la naturaleza les ofrecía.
Por eso, cuando uno contempla el
paisaje desde la cima, no está mirando solamente un hermoso panorama.
Está mirando también una parte de su
propia historia.
Y quizá por eso Peña La Pipa tiene
algo especial.
Porque allí arriba parece que el
tiempo se detiene.
El presente se hace pequeño, el
pasado se acerca y el futuro deja de importar durante unos instantes. Solo
queda el paisaje, el cielo, el silencio y esa paz que no se puede comprar ni
fabricar, porque pertenece a la tierra.
Tal vez ese sea uno de los grandes
privilegios de vivir aquí: tener tan cerca un lugar al que poder acudir cuando
necesitamos descansar de nosotros mismos.
Subir a Peña La Pipa en una tarde de
otoño.
Sentarse.
Respirar profundamente.
Mirar.
Y dejar que los ojos recorran
lentamente ese paisaje extenso y hermoso que se abre ante nosotros.
Entonces quizá descubramos que no
necesitamos demasiado para ser felices.
A veces basta con un poco de sol, el
olor de los pinos, el silencio de una tarde tranquila y la contemplación serena
de la tierra que nos vio nacer.
Y mientras el sol comienza a
esconderse detrás del horizonte, uno siente que aquel paisaje no es simplemente
un lugar.
Es un regalo.
Un patrimonio de naturaleza, de
historia y de memoria.
Un lugar para conservar, para querer
y para transmitir.
Porque hay tierras que simplemente
se habitan.
Y hay otras, como esta, que se
llevan para siempre en el corazón.
Arrabalde, 9
de octubre de 2026
Foto de arriba: Arrabalde desde Peña La Pipa
No hay comentarios:
Publicar un comentario