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domingo, 18 de octubre de 2026

El gato Fermín

 

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ARRABALDE EN LA NUBE… Y EN EL CORAZÓN. 

19 DE OCTUBRE DE 2026.-

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El gato Fermín

Una pequeña historia de ternura, hambre y cariño.

Hay seres pequeños que llegan a nuestra vida sin hacer ruido, sin pedir permiso y sin apenas darnos cuenta. Aparecen un día cualquiera, casi por casualidad, y poco a poco, con su humilde presencia y su manera de buscar afecto, consiguen hacerse un huequecito en nuestro corazón. Fermín es uno de ellos.

Fermín es un gatito joven, poco más que un adolescente, menudo y delicado, con ese aire de fragilidad que despierta, nada más verlo, unas irrefrenables ganas de protegerlo. Su pelaje, entreverado de rayas blancas, grises y negras, parece dibujado al azar por una mano caprichosa de la naturaleza. Tiene algo especial en su mirada, una mezcla de timidez, desconfianza y dulzura que nos hace pensar que, detrás de sus ojillos atentos, se esconde una pequeña historia que quizá nunca lleguemos a conocer.

Siempre tiene hambre. Tal vez por eso, en cuanto escucha el más leve ruido de alguien que entra en las bodegas, aparece de inmediato, como si sus pequeñas orejas estuvieran permanentemente alerta, pendientes de cualquier oportunidad que pueda ofrecerle un bocado. Se acerca con cautela, sin terminar de fiarse, observando desde cierta distancia, dispuesto a escapar al menor movimiento que le parezca sospechoso. Pero el hambre puede más que sus temores, y allí se queda, maullando quedamente, con esos sonidos lastimeros que parecen salir de lo más profundo de su pequeño cuerpo.

Son maullidos que conmueven. Hay en ellos algo más que una petición de comida: parecen reclamar también un poco de atención, una caricia, una mano amiga que le haga sentir que no todo en el mundo es indiferencia.

Y entonces sucede algo hermoso.

Basta ofrecerle un poco de comida y tratarlo con cariño para que el pequeño desconfiado comience a transformarse. Al principio se acerca despacito, con esa prudencia de quien no está acostumbrado a recibir demasiado. Pero, cuando comprende que no hay peligro y que aquellas manos solo quieren hacerle bien, se produce una especie de milagro cotidiano: Fermín se abandona a la ternura.

Su cuerpo se relaja, sus ojos parecen iluminarse y de su garganta comienza a brotar un ronroneo suave, profundo y agradecido. Es como si llevara dentro un pequeño motor de felicidad que alguien acabara de poner en marcha. Se restriega contra las piernas, da vueltas entre los pies y busca el contacto de quien le ha ofrecido un poco de alimento y afecto. De pronto, aquel gatito tímido, que hace apenas unos instantes parecía dispuesto a huir, se convierte en un compañero inseparable, tan cariñoso que apenas permite dar un paso sin tropezar con él.

Porque Fermín no se conforma con comer. Quiere quedarse. Quiere compañía. Quiere caricias, palabras amables y esa cercanía que, para un animal tan pequeño, debe de ser una de las formas más sencillas y hermosas de sentirse a salvo.

Y así, mientras uno intenta caminar entre las estrecheces de la bodega, él se enreda entre los zapatos, levanta la mirada y vuelve a reclamar su ración de mimos. Parece decirnos, con su insistencia y su dulce ronroneo, que la comida le ha calmado el hambre, sí, pero que todavía le queda otra necesidad mucho más difícil de saciar: la de sentirse querido.

Hay algo conmovedor en esa manera suya de entregarse al cariño. Quizá porque intuimos que, detrás de su comportamiento afectuoso y zalamero, se esconde la vulnerabilidad de quien necesita muy poco para ser feliz. Un poco de alimento, un rincón donde sentirse seguro y alguien que se detenga unos minutos para dedicarle una caricia. ¡Qué poco necesita Fermín para devolvernos tanto!

Y es que los animales tienen esa maravillosa capacidad de enseñarnos, sin palabras ni grandes gestos, algunas de las cosas más importantes de la vida. Nos recuerdan que la ternura no entiende de riquezas, que el afecto no necesita explicaciones y que, a veces, un pequeño ser indefenso puede despertar en nosotros sentimientos que creíamos dormidos.

Fermín se deja querer, y quizá sea precisamente eso lo que lo hace tan especial. No tiene nada extraordinario que ofrecer al mundo, salvo lo que lleva dentro: su dulzura, su fragilidad, su confianza recién estrenada y esa alegría contagiosa con la que recibe cada muestra de afecto. Pero ¿acaso hace falta algo más?

Por eso le pusimos de nombre Fermín. Porque, de alguna manera, dejó de ser un gatito anónimo que rondaba las bodegas en busca de comida para convertirse en alguien a quien reconocer, esperar y recibir con cariño. Alguien cuya presencia se advierte en cuanto aparece y cuya ausencia, si algún día no viene, seguramente nos hará mirar a nuestro alrededor con cierta inquietud.

No sabemos de dónde viene, qué habrá vivido antes de llegar hasta nosotros ni qué le deparará el futuro. Solo sabemos que es pequeño, que tiene hambre con frecuencia y que, cuando alguien le ofrece un poco de cariño, responde con toda la ternura de la que es capaz.

Y eso basta para que le hayamos tomado afecto.

Quizá Fermín nunca llegue a comprender cuánto bien nos hace su presencia. Quizá ignore que sus maullidos y sus ronroneos nos regalan pequeños instantes de felicidad en medio de las preocupaciones cotidianas. Él solo sabe que, cuando encuentra una mano amiga, puede acercarse sin miedo; que hay personas que le dan de comer y que, durante unos minutos, el mundo parece un lugar más amable.

Y nosotros, que creemos ser quienes le ofrecemos algo, terminamos descubriendo que también recibimos mucho de él.

Porque, al fin y al cabo, no siempre son los grandes acontecimientos los que nos tocan el corazón. A veces basta un pequeño gato de rayas blancas, grises y negras, hambriento de comida y sediento de cariño, para recordarnos que la ternura sigue siendo una de las cosas más hermosas que podemos compartir.

Ese pequeño gato es Fermín.

Y ya tiene un lugar en nuestro corazón.

 

Arrabalde, 19 de octubre 2026




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