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ARRABALDE EN LA NUBE… Y EN
EL CORAZÓN.
19 DE OCTUBRE DE 2026.-
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El gato Fermín
Una pequeña
historia de ternura, hambre y cariño.
Hay seres
pequeños que llegan a nuestra vida sin hacer ruido, sin pedir permiso y sin
apenas darnos cuenta. Aparecen un día cualquiera, casi por casualidad, y poco a
poco, con su humilde presencia y su manera de buscar afecto, consiguen hacerse
un huequecito en nuestro corazón. Fermín es uno de ellos.
Fermín es un
gatito joven, poco más que un adolescente, menudo y delicado, con ese aire de
fragilidad que despierta, nada más verlo, unas irrefrenables ganas de protegerlo.
Su pelaje, entreverado de rayas blancas, grises y negras, parece dibujado al
azar por una mano caprichosa de la naturaleza. Tiene algo especial en su
mirada, una mezcla de timidez, desconfianza y dulzura que nos hace pensar que,
detrás de sus ojillos atentos, se esconde una pequeña historia que quizá nunca
lleguemos a conocer.
Siempre
tiene hambre. Tal vez por eso, en cuanto escucha el más leve ruido de alguien
que entra en las bodegas, aparece de inmediato, como si sus pequeñas orejas
estuvieran permanentemente alerta, pendientes de cualquier oportunidad que
pueda ofrecerle un bocado. Se acerca con cautela, sin terminar de fiarse,
observando desde cierta distancia, dispuesto a escapar al menor movimiento que
le parezca sospechoso. Pero el hambre puede más que sus temores, y allí se
queda, maullando quedamente, con esos sonidos lastimeros que parecen salir de
lo más profundo de su pequeño cuerpo.
Son
maullidos que conmueven. Hay en ellos algo más que una petición de comida:
parecen reclamar también un poco de atención, una caricia, una mano amiga que
le haga sentir que no todo en el mundo es indiferencia.
Y entonces
sucede algo hermoso.
Basta
ofrecerle un poco de comida y tratarlo con cariño para que el pequeño
desconfiado comience a transformarse. Al principio se acerca despacito, con esa
prudencia de quien no está acostumbrado a recibir demasiado. Pero, cuando
comprende que no hay peligro y que aquellas manos solo quieren hacerle bien, se
produce una especie de milagro cotidiano: Fermín se abandona a la ternura.
Su cuerpo se
relaja, sus ojos parecen iluminarse y de su garganta comienza a brotar un
ronroneo suave, profundo y agradecido. Es como si llevara dentro un pequeño
motor de felicidad que alguien acabara de poner en marcha. Se restriega contra
las piernas, da vueltas entre los pies y busca el contacto de quien le ha
ofrecido un poco de alimento y afecto. De pronto, aquel gatito tímido, que hace
apenas unos instantes parecía dispuesto a huir, se convierte en un compañero
inseparable, tan cariñoso que apenas permite dar un paso sin tropezar con él.
Porque
Fermín no se conforma con comer. Quiere quedarse. Quiere compañía. Quiere
caricias, palabras amables y esa cercanía que, para un animal tan pequeño, debe
de ser una de las formas más sencillas y hermosas de sentirse a salvo.
Y así,
mientras uno intenta caminar entre las estrecheces de la bodega, él se enreda
entre los zapatos, levanta la mirada y vuelve a reclamar su ración de mimos.
Parece decirnos, con su insistencia y su dulce ronroneo, que la comida le ha
calmado el hambre, sí, pero que todavía le queda otra necesidad mucho más
difícil de saciar: la de sentirse querido.
Hay algo
conmovedor en esa manera suya de entregarse al cariño. Quizá porque intuimos
que, detrás de su comportamiento afectuoso y zalamero, se esconde la
vulnerabilidad de quien necesita muy poco para ser feliz. Un poco de alimento,
un rincón donde sentirse seguro y alguien que se detenga unos minutos para
dedicarle una caricia. ¡Qué poco necesita Fermín para devolvernos tanto!
Y es que los
animales tienen esa maravillosa capacidad de enseñarnos, sin palabras ni
grandes gestos, algunas de las cosas más importantes de la vida. Nos recuerdan
que la ternura no entiende de riquezas, que el afecto no necesita explicaciones
y que, a veces, un pequeño ser indefenso puede despertar en nosotros
sentimientos que creíamos dormidos.
Fermín se
deja querer, y quizá sea precisamente eso lo que lo hace tan especial. No tiene
nada extraordinario que ofrecer al mundo, salvo lo que lleva dentro: su dulzura,
su fragilidad, su confianza recién estrenada y esa alegría contagiosa con la
que recibe cada muestra de afecto. Pero ¿acaso hace falta algo más?
Por eso le
pusimos de nombre Fermín. Porque, de alguna manera, dejó de ser un gatito
anónimo que rondaba las bodegas en busca de comida para convertirse en alguien
a quien reconocer, esperar y recibir con cariño. Alguien cuya presencia se
advierte en cuanto aparece y cuya ausencia, si algún día no viene, seguramente
nos hará mirar a nuestro alrededor con cierta inquietud.
No sabemos
de dónde viene, qué habrá vivido antes de llegar hasta nosotros ni qué le
deparará el futuro. Solo sabemos que es pequeño, que tiene hambre con
frecuencia y que, cuando alguien le ofrece un poco de cariño, responde con toda
la ternura de la que es capaz.
Y eso basta
para que le hayamos tomado afecto.
Quizá Fermín
nunca llegue a comprender cuánto bien nos hace su presencia. Quizá ignore que
sus maullidos y sus ronroneos nos regalan pequeños instantes de felicidad en
medio de las preocupaciones cotidianas. Él solo sabe que, cuando encuentra una
mano amiga, puede acercarse sin miedo; que hay personas que le dan de comer y
que, durante unos minutos, el mundo parece un lugar más amable.
Y nosotros,
que creemos ser quienes le ofrecemos algo, terminamos descubriendo que también
recibimos mucho de él.
Porque, al
fin y al cabo, no siempre son los grandes acontecimientos los que nos tocan el
corazón. A veces basta un pequeño gato de rayas blancas, grises y negras,
hambriento de comida y sediento de cariño, para recordarnos que la ternura
sigue siendo una de las cosas más hermosas que podemos compartir.
Ese pequeño
gato es Fermín.
Y ya tiene
un lugar en nuestro corazón.
Arrabalde, 19
de octubre 2026

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